Hable con mis amigos y les dije que no quería verlo,
que me da una especie de angustia con él.
Fue como decir su nombre tres veces... apareció. Normal, con su cara de siempre. Con su ropa de siempre.
Lo vi de espaldas y pensé que no me iba a ver, no fue así.
Si te sientas a mi lado, debo esperarte.
Esa noche, tenías ganas de la morena, acariciandome la cintura como si no importara que todos se enterara, me convences y nos besamos.
Dos, tres, tal vez cuatro o cinco besos que nos llevan directo a tu cama, bailas conmigo y pides un cigarro.
El mambo continúa.
7:50, deberías estar ya en la calle; te quedas en casa y prefieres quedarte conmigo, me das un beso y me acaricias el abdomen.
Tienes el poder de hacerme sentir sexy.
Aún hablando de lo que sucede, no puedo dejar de besarte ni de hacer grafitis en tu espalda.
Me regalas el surco que me encanta. Ahora me pertenece. Cuentas la historia del Mayor de Carmel, Clint Eastwood y cómo una morena colombiana apareció de la nada.
Debo decirlo
fue una buena noche
y un buen despertar.
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